ANATOMÍA DEL MOSTRUO
por Luis Alberto Pescara
Pesadillas de celuloide

Durante la entrega de los premios Oscar de hace unos años se incluyó un breve clip de homenaje al cine de terror como parte de la ceremonia. Los presentadores recordaron que habían pasado casi 40 años desde el estreno de El exorcista, primera película del género que ganó los favores de la Academia de Artes y Ciencias de Hollywood. Aquel clásico con su niña poseída y su turbia imaginería religiosa asombró a tal grado a los miembros de la academia que decidieron premiar su guión esa lejana noche de 1973. Pero esto nunca volvió a repetirse y solo algunos thrillers como El silencio de los inocentes, apenas periféricamente asociados con el terror, volvieron a despertar aplausos entre quienes otorgan las estatuillas.

Las películas de terror participan de esta fuerte contradicción. Su innegable popularidad es inversamente proporcional a su prestigio, al punto que recién en los últimos años algunos críticos se han interesado seriamente por el fenómeno. La vigencia de estos filmes que apuntan a incomodar al espectador se confirma cada jueves, cuando entre los estrenos semanales siempre está presente esa cuota de sangre y sadismo. Porque las horror movies contemporáneas apuestan cada vez más a los extremos, a generar malestar en quien las mira mediante la exhibición del maltrato violento hacia el cuerpo, expuesto de la manera más gráfica posible.

Salvo excepciones como las citadas, se instaló el lugar común que afirma que las películas “de miedo” no merecen el respeto y reconocimiento que si se les otorga al drama, la comedia, la épica o el musical. Es cierto que el género de terror ha perdido mucha profundidad desde la década del 70´hasta nuestros días, con su búsqueda del impacto fácil y la truculencia para ganarse al público adolescente. Sin embargo directores como George Romero y David Cronemberg han ofrecido una visión compleja sobre temas serios a través de sus filmes. Estos cineastas, como había pasado con aquellos escritores de la convulsionada Europa de principios del siglo XIX, se hicieron eco de una época de múltiples turbulencias. En este caso se trató de los movimientos políticos y sociales que estallaron en la década del 60´, los que tuvieron enormes influencias en la cultura y la estética de los años siguientes. Nuevas revoluciones convulsionaban al mundo, aunque en este caso lo que rodó no fue la cabeza de María Antonieta. Ahora la guillotina caía sobre las viejas instituciones y sobre la ideología burguesa que afirmaba que la prosperidad era la solución a todos los males.

Existe un documental llamado The american nigth en el que se propone que no es casual que desde fines de los 60’ y durante la década siguiente se produzca el gran momento del cine de terror. El fracaso de los ideales de cambio en aquella época desató una ola de pesimismo que repercutió en la pantalla. En 1968 se estrenan dos clásicos muy distintos e influyentes: La noche de los muertos vivos de Romero (historia de zombies que retrata la intolerancia racial) y El bebé de Rosemary de Roman Polanski (visión cínica sobre una joven pareja burguesa y los temores de la maternidad). Como Poe o Kafka, estas películas utilizan una premisa sobrenatural para hablar de otros temas. Estos parecen ser los únicos filmes de terror que la crítica más mainstream parece dispuesta a tolerar como películas serias.

Es cierto que hay muchas películas de dudosa factura y que actualmente casi todo se centra en el shock de la destrucción del cuerpo. Esta tendencia ha recibido el elocuente nombre de «torture porn» por parte de los especialistas. El carácter gráfico de la pornografía aplicado al maltrato y la mutilación física. Esto marca un quiebre con el terror clásico, basado principalmente en el miedo a lo desconocido y a lo sobrenatural. Han sido desplazados los fantasmas, extraterrestres o monstruos de antaño por peligros mucho más reales. En el celuloide contemporáneo lo aterrador es sobre todo una manifestación del costado más oscuro de la naturaleza humana.

Sin saberlo, el catalán Roman Gubern y su idea de las “provincias estéticas malditas” han terminado teniendo un fuerte correlato en la realidad. Como el cine porno, el terror tiene sus propios festivales (Sitges, Avoriaz, etc), sus propias celebridades y sus propios autores, los cuales rara vez son reconocidos en las ceremonias oficiales, pródigas en coberturas televisivas y alfombras rojas. ¿Ocurría lo mismo en la literatura? ¿Fueron Frankenstein y Drácula historias inmediatamente populares y reconocidas o más bien tuvo que pasar cierto tiempo para que fueran parte del canon?

El crítico Robin Wood alguna vez señaló que los clásicos del cine de terror de la década del 30’, como Drácula o King Kong, eran fábulas góticas que transcurrían en lugares lejanos y exóticos. El horror era un «país de la mente» que podía visitarse y del que siempre podía escaparse. Quizás esto provoca que en la literatura el horror sea algo más sugerente y atmosférico, al invitar al lector a reproducir dentro de su cabeza las imágenes que primero estuvieron en la cabeza del escritor. Se trata de una extraña forma de telepatía, una curiosa conexión de “mente a mente” entre dos personas. En cambio el cine, por su naturaleza audiovisual generalmente efectista, muchas veces no deja espacio para que el receptor participe del misterio, sometiéndolo más que invitándolo. Esto puede ser uno de los motivos por los que el terror es aceptado por la academia literaria, a diferencia del establishment cinematográfico.

Distintos monstruos ameritan distintos tratamientos. La criatura literaria – quizás por ser más vieja y sabia – aprendió a aceptar la importancia de sus costados más descompuestos, sabiéndolos esenciales para su existencia. Habrá que esperar para ver si el monstruo cinematográfico, a medida que sigue su camino hacia la madurez, es capaz de ser tan democrático con su dispar anatomía.




Estudiar la historia de la narrativa es bastante parecido a contemplar a un monstruo de partes mal cosidas. Algunos miembros y órganos pueden parecer más importantes que otros aparentemente marchitos, sin embargo la mirada atenta puede darse cuenta que para la criatura resulta vital cada pequeño fragmento, por más prescindible y viscoso que parezca. Incluso ocurre que aquellos tejidos que se suponían centrales terminen siendo segundarios, órganos pujantes en la superficie pero que no aportan nada a la energía vital del ser, mientras que otra porción más desagradable en su apariencia termina siendo fundamental para la criatura. Este diagnóstico puede aplicarse a todo lo que la Humanidad produce en los distintos géneros de la ficción.

Roman Gubern(1) propone que las imágenes explícitas pertenecen a «provincias iconográficas malditas, zonas de destierro y exilio cultural, que a veces resultan más elocuentes y ofrecen materiales más productivos para la comprensión de una época o de una sociedad que las grandes obras maestras canonizadas en los museos». En su ensayo La imagen pornográfica y otras perversiones el catedrático catalán cita a Freud y su visión del placer asociado al displacer, que se explica mediante el instinto de muerte; un impulso natural de la vida por retornar a su estadio opuesto, lo contrario al impulso sexual. Esto explicaría la existencia de aquellas producciones culturales oscuras y truculentas que causan nuestra fascinación, más allá de lo que digan los académicos.

Estas zonas creativas malditas muchas veces se originan de maneras inesperadas. En 1816 ocurrió un hecho fundamental para la popularidad de estas imaginerías perturbadoras. El poeta Lord Byron organizó en su villa de descaso del Lago Lemán, Suiza, una reunión que tuvo como invitados a los escritores Percy Bysshe Shelley, Mary Goodwin Shelley y John William Polidori. Allí participaron de una competencia para ver quién creaba el relato más aterrador. De aquella suerte de brainstorming lúgubre nacieron dos historias clásicas: Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary (quien tenía solo 19 años al momento de escribirlo) y El Vampiro de Polidori, texto fundacional de la literatura vampírica. En ambos casos se trata de monstruos que llegaron para quedarse.

Los sucesos de esa jornada fueron narrados en la gran pantalla en el prólogo de La novia de Frankestein (2) de James Whale (1939) con Elsa Lanchester personificando a la joven Shelley. Medio siglo más tarde Ken Russell volverá a contarlos, con una estética decididamente más pop y alucinante, en su filme Gothic (3) de 1986. Pero quizás el retelling más particular sobre el hecho es el que hace Jean-Luc Godard en Adiós al lenguaje, en donde uno de los poetas exiliados afirma: “Se habla mucho de la revolución en Europa”. Esto no es gratuito, ya que el gótico fue una consecuencia de los agitados tiempos que se vivían en el Viejo Continente durante aquellos años.

Esto lo grafica de manera brillante el Marqués de Sade (4) en la introducción de Los crímenes del amor, un texto erudito llamado “Ideas sobre la novela” en donde dice sobre la tendencia gótica: “Convengamos sólo en que este género, a pesar de lo que de él puedan decir, no carece, indudablemente, de mérito; resultó el fruto indispensable de las sacudidas revolucionarias de las que Europa entera se resentía. Para quien conociera todas las desgracias con que los malvados pueden abrumar a los hombres, la novela resultaba tan difícil de hacer como monótona de leer; no había ningún individuo que, en cuatro o cinco años, no hubiera sufrido más infortunios de los que en un siglo podría pintar el novelista más famoso de la literatura. Había, pues, que apelar a la ayuda del infierno para escribir temas de interés y hallar en el país de las quimeras lo que se sabía corrientemente con sólo ojear la historia del hombre en esta edad de hierro”. Para el ilustre escritor era evidente que la oscuridad de las historias era una consecuencia de aquel contexto terrible. El miedo social y político mutaba en páginas de terror.

El monstruo de Frankenstein es producto de su época y las lecturas de Mary – hija del escritor William Godwin y de la filósofa feminista Mary Woollstone Craft – se notan en cada párrafo. El crítico Jerónimo Ledesma afirma que el monstruo por ella creado está hecho con partes de cadáveres, sobre todo de cadáveres intelectuales. Así es como las ideas de pensadores como Rousseau, Milton, Coleridge e incluso las de los progenitores de la muchacha se manifiestan en la historia. Por otro lado el ideal romántico del hombre que por intentar realizar proezas divinas cae en desgracia fue tomada de varias historias míticas. Esto ya evidente en el subtítulo de “el moderno Prometeo” y en las múltiples referencias a la leyenda judía del Golem (5). Muchos sostienen que gran parte de estas referencias fueron acentuadas por las correcciones que Percy Bysshe Shelley, pareja y compañero de la escritora en su huida de la casa paterna.

All You Need is Poe

No es descabellado afirmar que luego de aquel encuentro febril en Suiza la narrativa gótica abandonó su pasado de fábula popular para encontrar una forma literaria perdurable. Por esa misma época la familia de Edgar Alan Poe se asentaba en Escocia, lugar donde el autor de El cuervo pasó sus primeros años. Una existencia desgraciada de solo 40 años le bastó para servir de lazo entre lo gótico y lo romántico, ser pionero del relato breve, fundar las novelas “de detectives” y anticipar la figura del escritor maldito. Aunque había nacido en Estados Unidos, en todas sus creaciones se evidencia la influencia de las tradiciones folklóricas europeas que conoció durante su niñez y adolescencia.

Su figura ha trascendido más allá de lo literario, desparramándose en cientos de expresiones. En música, sin ir muy lejos, fue inspiración para el disco Tales of Mistery and imagination (6) de The Alan Parson Project y de la canción Morella (7) de Los Piojos. Hasta Britney Spears llamó su tour A Dream Whithin a Dream refiriéndose a un poema del autor. En el cine desde las mejores películas de Roger Corman (8) hasta Twixt, una de las más cuestionables de Francis Ford Coppola, recogen de alguna manera la figura del buen Edgar. Por no citar la interminable cantidad de reversiones y pseoudoadaptaciones en filmes de dudoso gusto. El delirium tremens de Poe terminó originando una variopinta descendencia cultural. Igual que Frankenstein.

Pero volvamos al principio. Poe desarrollo su obra dentro de lo que – superficialmente - pueden considerarse como los géneros del terror y de la fantasía gótica. Lo mismo puede decirse de las obras de Shelley, Polidori y el posterior Drácula de Bram Stoker. Todos ellos hoy son textos influyentes que forman parte del canon literario: libros fundacionales a los que muchos autores recurrieron, particularmente durante sus años formativos.

Acerquémonos en el tiempo y salgamos del horror puro y duro. Tomemos una historia como La metamorfosis de Franz Kafka. Aunque la historia del autor checoslovaco plantea importantes problemas existenciales, la premisa es fantástica. Para decirlo de una manera simple, un hombre se despierta un día trasformado en un gigantesco insecto. Pensemos en esa historia narrada mediante imágenes en movimiento ¿Sería respetada por sus connotaciones filosóficas o el público y la crítica se centrarían en el hecho truculento de la transformación? El canon cinematográfico ha resultado más reacio a entender al horror como una parte central de su cuerpo.
Gubern
Gothic 1986
Frankenstein 1933
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